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El extraño e inconfesable secreto de la Mujer Arcaica

La mujer se echó a llorar. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero al menos se alegraba de poder hablar con alguien.

-A veces los hombres pueden ser muy malvados -dijo entre lágrimas.

Los hombres y las mujeres – le respondió la terapeuta. Quizás le has estado enseñando algo que no quería ver y ésta es su respuesta.

 

La mujer que lloraba la miró con sus grandes ojos llenos de lágrimas y el dique se cerró.

No daba crédito.

 

-¿Me estás diciendo que ésto está pasando por mi culpa?

 

Una sombra de ira contenida endureció sus mandíbulas y le hizo un nudo que le quemó el estómago.

– Nunca, Arcaica. Lo que estoy diciendo es que no todo es o blanco o negro. Siempre que alguien te hace daño es bueno preguntarte:

¿A quién le he hecho daño yo? 

Arcaica apretó el pañuelito en su blanca mano izquierda.

Tenía las uñas cortas y muy bien limadas, y una manos muy hermosas, como de artista, aunque se notaba crispación en ellas cuando las movía al hablar.

-Le di 30 años de mi vida, mi juventud, dos hijos maravillosos. Soporté todos sus caprichos. ¿Y ahora me quedo sin nada?

La terapeuta guardó un extravagante silencio manteniendo la mirada en sus ojos.

Tenía una mirada dulce pero a la vez lejana. 

Parecía ver cosas donde nadie veía nada de nada.

-Eres una mujer muy valiente, Arcaica. ¿Quieres contarme por qué no te fuiste un poco antes?

-Lo intenté hace 20 años– dijo mirando el suelo. Pero él me convenció y volví.

-¿Te convenció o te dejaste convencer?

– Me convenció… bueno… sí. Me dejé convencer… sí.

-Entonces fuiste tú…

-Fui yo… sí…

-Entonces no fue él…

-No fue él – admitió frunciendo un poco la boca – Fui yo. Podía haber tenido otra vida. Pero mis hijos eran pequeños, y yo elegí perdonarle. Fui yo.

 

Se quedó mirando hacia arriba, como si buscara algo en el techo de la consulta, mientras se limpiaba la nariz con el pañuelito de papel completamente empapado de lágrimas.

-No fue él. Fui Yo. Podría haber tenido otra vida y elegí perdonarle…

-Tardaste un poco más, pero luego te fuiste. ¿por qué te fuiste después de 30 años?

-Intenté que cambiara…

-¿Durante cuánto tiempo?

-Fueron más de 30 años.

-¿Y cambió?

-Un poco sí… yo le quería mucho… creo que un poco cambió.

-¿Y qué ha hecho ahora?

-Quitarme la pensión.

-¿Por qué lo ha hecho?

-No lo sé.

-¿Por qué lo ha hecho, Arcaica?

Olía a sándalo, y sobre una pequeña mesilla de madera, había una lámpara de sal que daba un extraño color rosa al rostro de las dos mujeres.

De pronto la mujer miró a la terapeuta como si hubiera visto algo sorprendente y nuevo, pero negó con la cabeza y prosiguió:

-No lo sé. Por orgullo. Para hacerme daño. No lo sé, no lo sé.

-Es posible. Aunque también es posible que lo haga por amor.

Arcaica abrió muchos los ojos al escuchar esto.

Tenía unos ojos negros, profundos, brillantes, hermosos.

Había mucha inteligencia desmedida y desperdiciada en su mirada.

Y una especie de torbellino en su alma.

-¿Me quieres decir que me quiere? ¿Qué lo hace porque quiere que vuelva?

-Es posible, por supuesto. Quizás está dispuesto a cualquier cosa con tal de que vuelvas.

La mirada inteligente, racial  y un poco perdida de la mujer, se quedó buscando en el aire un significado para el último comentario de la otra mujer:

-A cualquier cosa… – balbuceó.

-Sí. A cualquier cosa.

-¿Por qué me parece que lo dices como si en lugar de amor fuera algo horrible?

-No lo hago. ¿Cómo lo has percibido, Arcaica?

Arcaica, que era una mujer sensible y sagaz, bebió un poquito de agua del vasito de plástico, y respondió con un hilo de voz, como si estuviera confesando un delito vergonzante:

He sentido que podría dejarme morir… con tal de que volviera.

-Es posible. Algunas personas aman así.

-¿Pero eso es amor? – preguntó la mujer como si estuviera deseando que le dijeran que sí.

-¿Qué piensas tú?

-Nunca nadie ha sido capaz de cualquier cosa por mí.

-Excepto él.

-Sí…

-¿Le debes algo entonces?

He sentido que podría dejarme morir… con tal de que volviera…

En ese momento la mirada de Arcaica se llenó de ira otra vez, y volvió a apretar las mandíbulas.

Se llevó la mano al pecho y mientras hablaba se daba pequeños golpecitos en el centro del pecho a cada palabra:

¡Nada! ¡No le debo nada! ¡Él me lo debe todo a mí! Si yo no hubiera

 

La terapeuta la interrumpió con serenidad y firmeza.

–¿Y eso es amor?

 

Arcaica se quedó sorprendida, con la boca un poco entreabierta y desvió la mirada hacia la derecha.

En otro momento o lugar habría estado dispuesta a defender su punto de vista, pero ahora había tomado conciencia de algo  muy incómodo. 

Entonces repuso:

– ¡Han sido 30 años!

– ¿De amor?

– De mi vida.

– Has hecho un mal negocio, Arcaica. ¿Cuál era tu sueño?

Arcaica ocultó el pañuelo inutilizable en la manga de su jersey y cogió otro.

No estaba llorando, pero se daba cuenta de que lo podía necesitar.

Mientras pensaba acariciaba y doblaba el papel suave entre sus dedos afilados de artista, de madre, de mujer confusa y perdida.

-Yo sólo quería que me quisieran

-¿Él o alguien?

-Creo que con alguien me habría alcanzado.

-Y ahora.

-Ahora no. Ahora quiero ser libre. Pero sin esa pensión… ¿Cómo voy a sobrevivir?

-Una mujer libre no sobrevive: construye. Termina lo que has empezado.

-¿Qué he empezado?

Una mujer no sobrevive: construye.

-Has empezado a mostrarle al hombre Arcaico que tu libertad es tan grande y tan sagrada que estás dispuesta a jugarte la vida por ella.

 

La mujer Arcaica sonrió en silencio y apretó los ojos para no despertarse todavía.

 

Y esa mañana se despertó como Nueva.

Pilar Rodríguez-Castillos

Artículo publicado en Enero de 2017 en la revista española Espacio Humano