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Cuando el amor dimite ¿sabes tú dónde va?

Cuando el amor dimite ¿sabes tú dónde va?

Recuerdo bien la profunda impresión que aquellos versos de Bécquer me causaron a mis trece o catorce años. Durante días me lo seguía preguntando.. “cuando el amor termina…¿sabes tú donde va?”…

 

Como hija de padres divorciados que se habían amado profundamente, a mi entender, esta era una pregunta insoportable, sin solución, y que me generaba mucha impotencia. Entonces ¿el amor se acaba?

Tardé unos 30 años de mi vida en encontrar una respuesta.

Si el amor es un campo de energía entonces el amor (al igual que el miedo y la ira, por ejemplo…) no puede acabar.

Lo que ocurre es algo así como una desconexión

-¡Ah! ¡Una desconexión! ¡Ahora lo veo! – me dije entonces... –

Pero descubrir esto me dolió tanto o aún más que la idea de que mis padres, o yo misma en determinado momento, hubieran renunciado a mantenerse conectados al amor.

No era exactamente que que ellos entonces se hubieran dejado de querer… sino que se habían desconectado del amor temporalmente… y no habían sabido como regresar. 

Y esto  aún me parece una de las cosas más tristes y  carentes de sentido.

¿Por qué dos personas que habían sido felices juntas, que habían compartido tanta pasión, tanta alegría, tanta complicidad, tanta intimidad, tanta temeridad, hasta el punto de traer al mundo un hijo juntos… de pronto, “irresponsablemente” habían decidido, aunque fuera en un plano inconsciente, “dimitir del amor“?.

A lo largo de los años me he encontrado una y otra vez con mujeres como tú y como yo que estaban dispuestas a hacer esa desconexión.

Por fortuna he podido ayudar a que no se realizara en la gran mayoría de los casos… y sólo he tenido que acompañar unos pocos procesos de separación que eran sin duda inevitables por diversos motivos.

Mira

…la razón por la que pienso que siempre hay que intentar darle una oportunidad a una relación es la siguiente:

La mayoría de las veces llegamos a una relación proyectando sobre el otro nuestras carencias.

Me explico mejor:

Al principio la persona no se da cuenta de esta suplantación, porque está entretenida proyectando sus carencias sobre nosotros.

De tal modo que nadie conoce a nadie.

Ambos son muy complacientes y se prestan a hacer de pantalla para que que el otro pueda ver lo necesita ver para sentirse seguro…

…pero… y esto es importante: ambos se niegan a ver la realidad de la otra persona.

Pero si tienes en cuenta la idea del Amor como un campo de energía te será fácil ver que el amor no es un proceso interno.

Es decir no existe un amor de Pepito y Lola, y un amor de Pilar y Joaquín.

El amor es la sintonía con un campo de energía, que se establece al servicio de la Vida, del Sistema Familiar, o del Destino.

Esto puede querer decir que el objetivo primordial de esta conexión puede ser servir a un algo más importante que la solución de las carencias o el desorden interno de un individuo.

Es decir:

…que da igual si amas a tal o a Pascual, siempre que te pongas al servicio de la Vida a través de ese enamoramiento.

¿Horrible verdad?

Bueno, a mi me pareció horrible al principio.

Pero entonces pude descubrir la enorme poesía de todo esto.

Es algo así:

…de pronto te encuentras frente a otra persona y se establece esa conexión profunda con el Amor, a lo que habitualmente llamamos “flechazo”.

Esto ocurre porque tenéis algo importante que hacer juntos.

Vuestro acercamiento, sea breve o prolongado, generará a resonancia necesaria para sanar asuntos pendientes en vuestros grupos de origen.

O en el paisaje interno de cada uno de vosotros.

Es como si ambos sistemas familiares nos empujaran con la fuerza de un sunami a ese abrazo conciliador.

Y para eso el amor pone en marcha todos sus recursos.

Un deseo irrefrenable,

una enorme ansiedad de saciar ese deseo...

y también cuenta con nuestras vulnerabilidades y carencias.

Junto a la persona amada nos volvemos a sentir seguros como cuando éramos pequeños.

Uno de los sentimientos comunes, y favoritos entre los enamorados, es el de sentir una fuerte conexión con el presente.

– Contigo me siento como si te conociera de toda la vida!

¡Oh!

¡Qué alegría proporciona esta sensación tan curiosa! ¿verdad?

Lo cierto es que todos los amantes sienten lo mismo.

Y este es un apaño formidable que hace el Amor, al servicio de la Vida, para que el objetivo más alto que es la reparación de algo importante, se pueda llevar a cabo.

La mala noticia es que esto lo sienten todos los amantes.

Y la segunda mala noticia es que lo sentimos cada vez que iniciamos una relación.

Ocultarlo es algo cultural.

Todos queremos hacer ver al otro que es especial y único, porque sabemos que esto le hará sentir todavía más inclinado a quedarse a nuestro lado.

Aquí lo importante es… ¿qué se ha activado cuando tenemos este sentimiento?

Efectivamente, ya te has dado cuenta.

Se ha activado la proyección de una carencia.

Los seres humanos vivimos la mayor parte de nuestra vida buscando volver a sentir esa enorme pertenencia, protección, alegría, abundancia, y placer de los primeros meses de nuestra existencia.

Es una sensación muy intensa, que aunque no recordamos, todos podemos evocar con una precisión casi milimétrica.

Entonces esos primeros momentos del amor nos hacen sentir que por fin nos acercamos a una vivencia similar.

O incluso más intensa… dado que se suman ahora las potentes pulsiones sexuales del adulto humano, que evidentemente son muy atractivas.

Las sensaciones son tan fuertes y bellas, que no vemos al otro.

Verlo sería una verdadera interferencia.

En realidad venos en el otro la oportunidad de recuperar el paraiso perdido.

Y si todo “va bien”, al otro desde luego le pasará algo parecido.

En realidad vemos en el otro la oportunidad de recuperar el paraíso perdido. 

Y a ese ritmo es muy posible que la pareja se consolide, y empujados por todas las fuerzas intervinientes, se plantee un plan que en lo posible ha de incluir algún hijo para crear más Vida al servicio de la Vida.

Pero… ¿por qué alguien querría retirarse de una experiencia tan perfecta y llena de fuerza?

Es fácil.

Porque a esta pareja creada por impulsos de campos más grandes, en complicidad con su desesperada búsqueda de compensar carencias, y con el deseo desesperado de volver al regazo de mamá… le espera una profunda decepción.

Ninguno de los dos es ni ha sido nunca el paraíso perdido.

Ninguno es lo que me falta.

Ninguno es perfecto, invariable, y creado a medida para el otro.

 

Tendrán que descubrirse otra vez.

Y a ver si pasan la prueba del algodón.

Ciertamente, en este punto muchos dimiten del amor… y suben la banderilla de “taxi libre” para encontrar cuanto antes, otra vez, una experiencia que prometa devolverles a ese torbellino de emociones, placer y pertenencia…

…sin saber que todo el ciclo se volverá a repetir, porque no han asumido algo importante.

Que el paraíso perdido está perdido…

… y que para avanzar al siguiente nivel les toca aceptar al otro tal como es y vivir una vida desde la soledad del Adulto.

 

Entonces… la respuesta a la pregunta del artículo de hoy es: el amor jamás dimite.

Nunca, nunca, nunca.

Primero porque no tiene ego, y segundo porque el Amor no es un fenómeno individual.

En realidad somos nosotros los que nos retiramos del amor.

El amor siempre está disponible para recibirnos, y a medida que transcurre nuestra vida,  cuanto más servicio le hayamos prestado, mucho más permiso, y mucha más libertad y facilidades para entrar y salir de él cuando queramos vamos a tener.

 

Léelo de nuevo:

El amor no es un fenómeno individual, sino una sintonía con una meta mucho mayor. 

Y desde tu estado Adulto puedes, antes que dimitir,  decidir mirar (y ver) al otro.

Redescubrirlo.

Aceptarlo. 

Quizás el otro se ha hecho mayor, quizás ya no vive con la misma alegría, quizás está asustado.

Pero esto no es extraño cuando alguien te mira, como quizás tu le miras, con decepción.

Es difícil de encajar, ponte en su sitio, y aún más difícil de comprender.

Porque el otro también, al igual que tú, en un momento creía haber recuperado el Paraíso.

Y ahora tu mirada llena de reproche, le hace sentir como Adán expulsado del Paraíso.

Igual que te pasa a ti ahora cuando él te mira.

Sólo que tú a veces te llegas a sentir como la serpiente.

En el taller de la Mujer Nueva de este año trabajaremos sobre todos estos temas, y puedes ver la información aquí.

Que tengas un feliz presente.

Pilar Rodríguez-Castillos

Mujeres de 40 y pico: el día que nos volvimos invisibles

Mujeres de 40 y pico: el día que nos volvimos invisibles

No es igual ser mujer a los 15, que a los 25 que a los 35 que a los 45.

Y si bien es cierto que podemos ser como el buen vino, las mujeres también envejecemos, perdemos reflejos, nos vence la ley de gravedad, que duda cabe,  y nos volvemos más sensibles y tercas…como mínimo.

Pero es el precio que pagamos por tener experiencia, menos prejuicios, y la cabeza mejor amueblada.

La mujer hoy está atrapada entre su cuerpo y su intelecto.

¿Vale la pena vivir en esa dicotomía?

¿En dónde está el punto medio que nos permitiría sentirnos realizadas, fuertes, femeninas, seductoras y ejemplificadoras?

Veamos en este artículo, si conseguimos darle caza a la solución.

Lo veo en mi hija pequeña, que se queja mirándose al espejo como si un velo sobre sus ojos no le permitiera apreciar su esplendor.

No me recuerda a mi porque mi velo era más como un muro: 

yo me veía completamente inviable como proyecto de mujer. 

Luego resultó que daba el pego, y que podía elegir fácilmente el muchacho con el que salir o dejar de salir.

Para mi la falta de ojos masculinos, a pesar de que internamente estaba muy poco conforme con mi imagen, jamás fue un verdadero problema.

Esto me ayudó a relajarme y a pensar que  podía permitirme mis muchas imperfecciones estéticas.

Verás…

Me pareció que entonces no necesitaba preocuparme por ese asunto y me dejé de obsesionar con mi aspecto externo, para disfrutar más de lo que me interesaba que era poner a prueba mis capacidades y esto me permitió casarme, tener hijos, divorciarme, recasarme y volverme a casar por tercera vez, esta vez, la vencida.

Y la mayor interferencia que encontré a la hora de tomar todas esas decisiones siempre fue la misma.

Si te apetece, a continuación te la explico

Como mujer descubrí que nadie (fuera de mi familia) esperaba de mi una gran ambición intelectual.

Y el hecho de ser una mujer más interesada por mi libertad, la concreción de mis sueños, y mi interés por comprender la vida, me transformó a menudo en una incomprendida, en demasiado intensa, y en cierto modo en menos femenina de lo que para algunos era lo adecuado.

Pero al traspasar la barrera de los 40 rápidamente me di cuenta de que todo lo que poco a poco comenzaba a cambiar en mi cuerpo era maravillosamente compensado por todo aquel trabajo interior al que nunca quise renunciar, aunque esto significara renunciar en cierta medida a ciertos grados de comodidad.

Gradualmente me fui adentrando en esa década de cambios, y hoy con 47 años, evidentemente ya me veo al espejo sin velos: tengo claro que hay cosas que no volverán.

En mi opinión es un trabajo necesario asumir esta parte del proceso, para no distraerse de lo que es verdaderamente trascendente. 

Hoy, sin toda la experiencia y el trabajo interior acumulado, estaría realmente asustada por lo que inevitablemente sobreviene para los próximos años de mi vida.

Entonces me alegra profundamente, y te lo recomiendo con expresiones, haber iniciado bien pronto la labor de asumir la realidad tal como es, en lugar de perder el tiempo sufriendo por eso.

Cuando era mucho más joven recuerdo que se comenzó a hablar de cuidarse, ir al gimnasio, visitar gabinetes de estética.

Y si era necesario utilizar bótox y demás inyectables para recuperar la lozanía.

Seguro que tu también lo recuerdas ¿no es cierto?

No me parecía mal, nunca he mezclado la moral con casi ninguna de mis decisiones, porque creo que las personas debemos tomar las decisiones que nos apetezcan en función de nuestras propias urgencias y necesidades.

Pero mi pregunta concreta siempre ha sido… ¿detiene esto el deterioro propio de los años, o lo potencia?

Con el tiempo descubrí que efectivamente lo potencia, pero no por las técnicas en sí, sino porque fomentan la creencia de que el divino tesoro de la juventud se puede conservar eternamente.

Y esto impide a las mujeres que utilizan este supuesto salvavidas asumir el paso de los años de forma digna, inteligente, y sana.

Luchar contra el paso de los años es una lucha que a medida que pasa el tiempo es más encarnizada: cada vez necesitamos más apoyo para vernos como a los 20.

O para vivir la ilusión de que nos vemos como a los 20.

Porque en el fondo no sucederá, por muy bien que puedas estar…

No te ves como de 20 porque no tienes 20.

Fin.

Repito:

No te ves como de 20, porque no tienes 20.

Fin.

De todos modos aquí no quiero centrarme en la locura de iniciar esa batalla perdida de antemano.

Aquí lo que quiero marcar como el inicio de buena una reflexión, es que toda la energía que invirtamos en perder esa batalla, la estaremos desperdiciando para liberarnos de un estereotipo que nos inmoviliza, nos azota, y nos desordena.

Es cierto que nos volveremos invisibles.

 La visibilidad de los 20 años no regresará nunca más.

Aún así podremos ser visibles de otras maneras: por madurez, por sensatez, por inteligencia, por experiencia.

Por rezumar esa guapura de las mujeres que saben lo que quieren, como lo quieren y por qué lo quieren.

Y sí, nos volveremos invisibles para muchos hombres, desde luego.

Pero no para nuestros hijos, para nuestras amigas, o para nuestros maridos...

Excepto que les hayamos olvidado por tomar el camino de negación de la edad.

Y sí, por supuesto que dejaremos de poder competir con mujeres en la flor de la edad.

Nos verán como madres, como abuelas…

Y luego como señoras tan antiguas que seguramente no comprendemos nada de la realidad actual.

¿Y qué?

Si hemos asumido cada etapa con alegría y agradecimiento, podremos hablar con ellas y ayudarlas a ver cosas que a sus edades todavía no ven.

Y mostrarles que se puede ser mujer y madura, mujer y mayor… y tener experiencia, valor instrínseco,  y generosidad de espíritu.

Además, te aclaro que en cuanto te empiezas a volver invisible también te vuelves más libre.

Las mujeres llevamos demasiado tiempo esclavizadas por nuestra propia imagen, que nunca es lo suficientemente perfecta.

Ellos tiene el permiso para envejecer tranquilamente. Incluso  las canas masculinas los hace ver más atractivos.

¿Será real esta “solera”, o será cultural?

Hace unos días estaba en el salón viendo un programa de debate político con mi marido y llegó mi hija y me dijo:

– “llevas toda la tarde ahí, deberías salir a caminar o te vas a quedar rígida”.

Y sin pensarlo, la miré de reojo y le dije (tengo que reconocer que me apasiona la política  en ciertos momentos actúo como una verdadera adicta)

“shhhhhh… déjame envejecer en paz, que me lo he ganado!”

Como me conoce bien ella no dijo más nada.

Pero sé que le servirá cuando llegue el momento para tener en cuenta que el cambiar de enfoque para vivir cada etapa como mejor nos parezca, es algo que aporta calidad de vida.

Lo que vengo entonces a decirte en este artículo es que, si eres joven, retires el velo de la exigencia de tu rostro, y te mires al espejo y 

te disfrutes tal como eres.

Y que si eres de mi quinta, dejes de correr tras la juventud, que eso cansa, te resta energía, y encima la juventud es más rápida que tú.

Y por supuesto, si eres como yo, de las que consideran que la belleza es bastante más que el aspecto exterior, y ya llevas tiempo pasando de luchas vacías que no te conducen a ninguna parte, a ti vengo a decirte:

-¡guapa! ¡tú si que sabes!

Déjame envejecer en paz, que ¡me lo he ganado!

 

 

Porque efectivamente, como tú yo sabemos, la vida es un regalo… y como decía Juddi Krishnamurti:

“La verdad no es estática. La verdad es siempre nueva, y sólo la puede comprender, una mente que esté muriendo para toda acumulación, a toda experiencia, y que por lo tanto sea fresca, joven,inocente.”

Por ahí van los tiros, me parece a mi.

Y como siempre lo haces, supongo que tú me dirás aquí debajo lo que te parece a ti.

Espero que sirva… (por tu pleno bienestar)

Que tengas un feliz presente!

 

Pilar Rodríguez-Castillos

Carta a mi madre muerta

Carta a mi madre muerta

 Querida mamá:

Cada día que pasa te descubro un poco más, y te comprendo más como no lo pude hacer antes. 

 

Cuando todo empezó yo era demasiado pequeña.

O muy joven.

O estaba demasiado enamorada de la vida…

O acuciada por el amor o por la falta de tiempo.

 

 

Y en lugar de ver el miedo en tus ojos, me exasperé con tus quejas.

Y en lugar de ver la incertidumbre en tus pasos, sólo quise demostrarte mi fuerza y mi capacidad de avanzar hacia mis sueños.

Pero nunca te pregunté por tu fuerza y por tus sueños porque pensaba que tu sueño era yo.

 

Ahora veo que vivir siendo una mujer es mucho más complejo que soñar hijos que cumplen sus sueños. 

A menudo me he distanciado de ti diciendo que yo me parecía más a mi padre.
Pensando que tú no tenías fuerza, te rendías, no presentabas batalla.

Y ahora veo tu rendición y me duele en el pecho, querida mamá, porque nunca la vi.

Porque nunca te la agradecí.

 

 

Para mi eras sólo unos brazos que acunan.

Unos ojos que brillaban al mirarme con ese enamoramiento de las madres.

Para mi tu amor era mi derecho de hija, y lo exigía ciegamente.

Y me enfadaba si no lo conseguía.

Entonces creí que mi existencia, mis movimientos, mi realización eran suficientes para ti.

Y no supe ver nada más en ti.

Luego cuando te hiciste mayor estabas cada vez más enfadada y frustrada.

Y yo no entendía por qué.

Te volviste inaccesible y difícil, y entretanto yo seguía buscando que me confortaras y que me acunaras.

No me di cuenta tampoco entonces de tu orfandad y de tu soledad.

No vi lo valiente que eras para vivir sin que nadie te acunara. 

¡Cuánta incertidumbre, cuánto miedo, cuánta espera infructuosa ocultabas detrás de tu inaccesibilidad!

Y ahora que te has ido, mamá, cada día te descubro un poco más en mí.

Ahora a veces sonrío al verte en mi reflejo en los escaparates, en mis párpados caídos.

O en mi pequeña soledad que apenas me da una idea vaga de lo que pudo ser la tuya. 

Querida mamá: para no ser como tú, un día elegí no verte.

No sé qué día fue, no sé cómo empezó todo…

ni puedo hacer nada para volver allí y cambiarlo y…

…tampoco estoy nada segura de que hacerlo mejorara tu vida sin destruir la mía.

Así que he decidido aceptarlo todo, mamá.

Y tomar en mi corazón todo lo que pasó.

Ahora he encontrado el camino para agradecerte todas esas carencias que te reclamaba injustamente, y a las que puedo agradecer mi impulso imparable de crear y avanzar.

 

Ahora veo que tu fragilidad hizo que yo decidiera conectar con mi fuerza.

¡Que gran regalo mamá! ¿Quién lo habría hecho mejor?    
 

Y ahora he encontrado el camino para agradecerte tu miedo.

Porque al verlo en ti decidí transformarme en temeraria y atravesar el mío como quien cruza descalza un faldón de brasas encendidas.

 

¿Cómo habría encontrado yo el camino hacia la ayuda si tú no me hubieras mostrado la resonancia de la orfandad y de la incertidumbre?

Ahora por fin puedo ver que pusiste tu vida al servicio de lo que yo necesitaba aprender.
Mamá querida:

Da igual si ahora te digo que esta comprensión pudo ocurrir antes y habría sido mejor para las dos.

Me he vuelto una adicta a la realidad tal como es.

Y creo que ahora para nosotras sólo queda este punto de partida.

Entonces ahora por fin puedo tomarte en mi alma, y honrar todo lo que hiciste para que yo pudiera aprender a caminar.

 

Ahora ya puedo ver que fuiste exactamente la madre que necesitaba.

De ningún modo podrías haber sido mejor, ahora me doy cuenta.

 

Gracias por todo lo que hiciste por mí.

Gracias mamá, por la vida que me has dado.

Pilar Rodríguez-Castillos
El extraño e inconfesable secreto de la Mujer Arcaica

El extraño e inconfesable secreto de la Mujer Arcaica

La mujer se echó a llorar. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero al menos se alegraba de poder hablar con alguien.

-A veces los hombres pueden ser muy malvados -dijo entre lágrimas.

Los hombres y las mujeres – le respondió la terapeuta. Quizás le has estado enseñando algo que no quería ver y ésta es su respuesta.

 

La mujer que lloraba la miró con sus grandes ojos llenos de lágrimas y el dique se cerró.

No daba crédito.

 

-¿Me estás diciendo que ésto está pasando por mi culpa?

 

Una sombra de ira contenida endureció sus mandíbulas y le hizo un nudo que le quemó el estómago.

– Nunca, Arcaica. Lo que estoy diciendo es que no todo es o blanco o negro. Siempre que alguien te hace daño es bueno preguntarte:

¿A quién le he hecho daño yo? 

Arcaica apretó el pañuelito en su blanca mano izquierda.

Tenía las uñas cortas y muy bien limadas, y una manos muy hermosas, como de artista, aunque se notaba crispación en ellas cuando las movía al hablar.

-Le di 30 años de mi vida, mi juventud, dos hijos maravillosos. Soporté todos sus caprichos. ¿Y ahora me quedo sin nada?

La terapeuta guardó un extravagante silencio manteniendo la mirada en sus ojos.

Tenía una mirada dulce pero a la vez lejana. 

Parecía ver cosas donde nadie veía nada de nada.

-Eres una mujer muy valiente, Arcaica. ¿Quieres contarme por qué no te fuiste un poco antes?

-Lo intenté hace 20 años– dijo mirando el suelo. Pero él me convenció y volví.

-¿Te convenció o te dejaste convencer?

– Me convenció… bueno… sí. Me dejé convencer… sí.

-Entonces fuiste tú…

-Fui yo… sí…

-Entonces no fue él…

-No fue él – admitió frunciendo un poco la boca – Fui yo. Podía haber tenido otra vida. Pero mis hijos eran pequeños, y yo elegí perdonarle. Fui yo.

 

Se quedó mirando hacia arriba, como si buscara algo en el techo de la consulta, mientras se limpiaba la nariz con el pañuelito de papel completamente empapado de lágrimas.

-No fue él. Fui Yo. Podría haber tenido otra vida y elegí perdonarle…

-Tardaste un poco más, pero luego te fuiste. ¿por qué te fuiste después de 30 años?

-Intenté que cambiara…

-¿Durante cuánto tiempo?

-Fueron más de 30 años.

-¿Y cambió?

-Un poco sí… yo le quería mucho… creo que un poco cambió.

-¿Y qué ha hecho ahora?

-Quitarme la pensión.

-¿Por qué lo ha hecho?

-No lo sé.

-¿Por qué lo ha hecho, Arcaica?

Olía a sándalo, y sobre una pequeña mesilla de madera, había una lámpara de sal que daba un extraño color rosa al rostro de las dos mujeres.

De pronto la mujer miró a la terapeuta como si hubiera visto algo sorprendente y nuevo, pero negó con la cabeza y prosiguió:

-No lo sé. Por orgullo. Para hacerme daño. No lo sé, no lo sé.

-Es posible. Aunque también es posible que lo haga por amor.

Arcaica abrió muchos los ojos al escuchar esto.

Tenía unos ojos negros, profundos, brillantes, hermosos.

Había mucha inteligencia desmedida y desperdiciada en su mirada.

Y una especie de torbellino en su alma.

-¿Me quieres decir que me quiere? ¿Qué lo hace porque quiere que vuelva?

-Es posible, por supuesto. Quizás está dispuesto a cualquier cosa con tal de que vuelvas.

La mirada inteligente, racial  y un poco perdida de la mujer, se quedó buscando en el aire un significado para el último comentario de la otra mujer:

-A cualquier cosa… – balbuceó.

-Sí. A cualquier cosa.

-¿Por qué me parece que lo dices como si en lugar de amor fuera algo horrible?

-No lo hago. ¿Cómo lo has percibido, Arcaica?

Arcaica, que era una mujer sensible y sagaz, bebió un poquito de agua del vasito de plástico, y respondió con un hilo de voz, como si estuviera confesando un delito vergonzante:

He sentido que podría dejarme morir… con tal de que volviera.

-Es posible. Algunas personas aman así.

-¿Pero eso es amor? – preguntó la mujer como si estuviera deseando que le dijeran que sí.

-¿Qué piensas tú?

-Nunca nadie ha sido capaz de cualquier cosa por mí.

-Excepto él.

-Sí…

-¿Le debes algo entonces?

He sentido que podría dejarme morir… con tal de que volviera…

En ese momento la mirada de Arcaica se llenó de ira otra vez, y volvió a apretar las mandíbulas.

Se llevó la mano al pecho y mientras hablaba se daba pequeños golpecitos en el centro del pecho a cada palabra:

¡Nada! ¡No le debo nada! ¡Él me lo debe todo a mí! Si yo no hubiera

 

La terapeuta la interrumpió con serenidad y firmeza.

–¿Y eso es amor?

 

Arcaica se quedó sorprendida, con la boca un poco entreabierta y desvió la mirada hacia la derecha.

En otro momento o lugar habría estado dispuesta a defender su punto de vista, pero ahora había tomado conciencia de algo  muy incómodo. 

Entonces repuso:

– ¡Han sido 30 años!

– ¿De amor?

– De mi vida.

– Has hecho un mal negocio, Arcaica. ¿Cuál era tu sueño?

Arcaica ocultó el pañuelo inutilizable en la manga de su jersey y cogió otro.

No estaba llorando, pero se daba cuenta de que lo podía necesitar.

Mientras pensaba acariciaba y doblaba el papel suave entre sus dedos afilados de artista, de madre, de mujer confusa y perdida.

-Yo sólo quería que me quisieran

-¿Él o alguien?

-Creo que con alguien me habría alcanzado.

-Y ahora.

-Ahora no. Ahora quiero ser libre. Pero sin esa pensión… ¿Cómo voy a sobrevivir?

-Una mujer libre no sobrevive: construye. Termina lo que has empezado.

-¿Qué he empezado?

Una mujer no sobrevive: construye.

-Has empezado a mostrarle al hombre Arcaico que tu libertad es tan grande y tan sagrada que estás dispuesta a jugarte la vida por ella.

 

La mujer Arcaica sonrió en silencio y apretó los ojos para no despertarse todavía.

 

Y esa mañana se despertó como Nueva.

Pilar Rodríguez-Castillos

Artículo publicado en Enero de 2017 en la revista española Espacio Humano