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Mujeres de 40 y pico: el día que nos volvimos invisibles

No es igual ser mujer a los 15, que a los 25 que a los 35 que a los 45.

Y si bien es cierto que podemos ser como el buen vino, las mujeres también envejecemos, perdemos reflejos, nos vence la ley de gravedad, que duda cabe,  y nos volvemos más sensibles y tercas…como mínimo.

Pero es el precio que pagamos por tener experiencia, menos prejuicios, y la cabeza mejor amueblada.

La mujer hoy está atrapada entre su cuerpo y su intelecto.

¿Vale la pena vivir en esa dicotomía?

¿En dónde está el punto medio que nos permitiría sentirnos realizadas, fuertes, femeninas, seductoras y ejemplificadoras?

Veamos en este artículo, si conseguimos darle caza a la solución.

Lo veo en mi hija pequeña, que se queja mirándose al espejo como si un velo sobre sus ojos no le permitiera apreciar su esplendor.

No me recuerda a mi porque mi velo era más como un muro: 

yo me veía completamente inviable como proyecto de mujer. 

Luego resultó que daba el pego, y que podía elegir fácilmente el muchacho con el que salir o dejar de salir.

Para mi la falta de ojos masculinos, a pesar de que internamente estaba muy poco conforme con mi imagen, jamás fue un verdadero problema.

Esto me ayudó a relajarme y a pensar que  podía permitirme mis muchas imperfecciones estéticas.

Verás…

Me pareció que entonces no necesitaba preocuparme por ese asunto y me dejé de obsesionar con mi aspecto externo, para disfrutar más de lo que me interesaba que era poner a prueba mis capacidades y esto me permitió casarme, tener hijos, divorciarme, recasarme y volverme a casar por tercera vez, esta vez, la vencida.

Y la mayor interferencia que encontré a la hora de tomar todas esas decisiones siempre fue la misma.

Si te apetece, a continuación te la explico

Como mujer descubrí que nadie (fuera de mi familia) esperaba de mi una gran ambición intelectual.

Y el hecho de ser una mujer más interesada por mi libertad, la concreción de mis sueños, y mi interés por comprender la vida, me transformó a menudo en una incomprendida, en demasiado intensa, y en cierto modo en menos femenina de lo que para algunos era lo adecuado.

Pero al traspasar la barrera de los 40 rápidamente me di cuenta de que todo lo que poco a poco comenzaba a cambiar en mi cuerpo era maravillosamente compensado por todo aquel trabajo interior al que nunca quise renunciar, aunque esto significara renunciar en cierta medida a ciertos grados de comodidad.

Gradualmente me fui adentrando en esa década de cambios, y hoy con 47 años, evidentemente ya me veo al espejo sin velos: tengo claro que hay cosas que no volverán.

En mi opinión es un trabajo necesario asumir esta parte del proceso, para no distraerse de lo que es verdaderamente trascendente. 

Hoy, sin toda la experiencia y el trabajo interior acumulado, estaría realmente asustada por lo que inevitablemente sobreviene para los próximos años de mi vida.

Entonces me alegra profundamente, y te lo recomiendo con expresiones, haber iniciado bien pronto la labor de asumir la realidad tal como es, en lugar de perder el tiempo sufriendo por eso.

Cuando era mucho más joven recuerdo que se comenzó a hablar de cuidarse, ir al gimnasio, visitar gabinetes de estética.

Y si era necesario utilizar bótox y demás inyectables para recuperar la lozanía.

Seguro que tu también lo recuerdas ¿no es cierto?

No me parecía mal, nunca he mezclado la moral con casi ninguna de mis decisiones, porque creo que las personas debemos tomar las decisiones que nos apetezcan en función de nuestras propias urgencias y necesidades.

Pero mi pregunta concreta siempre ha sido… ¿detiene esto el deterioro propio de los años, o lo potencia?

Con el tiempo descubrí que efectivamente lo potencia, pero no por las técnicas en sí, sino porque fomentan la creencia de que el divino tesoro de la juventud se puede conservar eternamente.

Y esto impide a las mujeres que utilizan este supuesto salvavidas asumir el paso de los años de forma digna, inteligente, y sana.

Luchar contra el paso de los años es una lucha que a medida que pasa el tiempo es más encarnizada: cada vez necesitamos más apoyo para vernos como a los 20.

O para vivir la ilusión de que nos vemos como a los 20.

Porque en el fondo no sucederá, por muy bien que puedas estar…

No te ves como de 20 porque no tienes 20.

Fin.

Repito:

No te ves como de 20, porque no tienes 20.

Fin.

De todos modos aquí no quiero centrarme en la locura de iniciar esa batalla perdida de antemano.

Aquí lo que quiero marcar como el inicio de buena una reflexión, es que toda la energía que invirtamos en perder esa batalla, la estaremos desperdiciando para liberarnos de un estereotipo que nos inmoviliza, nos azota, y nos desordena.

Es cierto que nos volveremos invisibles.

 La visibilidad de los 20 años no regresará nunca más.

Aún así podremos ser visibles de otras maneras: por madurez, por sensatez, por inteligencia, por experiencia.

Por rezumar esa guapura de las mujeres que saben lo que quieren, como lo quieren y por qué lo quieren.

Y sí, nos volveremos invisibles para muchos hombres, desde luego.

Pero no para nuestros hijos, para nuestras amigas, o para nuestros maridos...

Excepto que les hayamos olvidado por tomar el camino de negación de la edad.

Y sí, por supuesto que dejaremos de poder competir con mujeres en la flor de la edad.

Nos verán como madres, como abuelas…

Y luego como señoras tan antiguas que seguramente no comprendemos nada de la realidad actual.

¿Y qué?

Si hemos asumido cada etapa con alegría y agradecimiento, podremos hablar con ellas y ayudarlas a ver cosas que a sus edades todavía no ven.

Y mostrarles que se puede ser mujer y madura, mujer y mayor… y tener experiencia, valor instrínseco,  y generosidad de espíritu.

Además, te aclaro que en cuanto te empiezas a volver invisible también te vuelves más libre.

Las mujeres llevamos demasiado tiempo esclavizadas por nuestra propia imagen, que nunca es lo suficientemente perfecta.

Ellos tiene el permiso para envejecer tranquilamente. Incluso  las canas masculinas los hace ver más atractivos.

¿Será real esta “solera”, o será cultural?

Hace unos días estaba en el salón viendo un programa de debate político con mi marido y llegó mi hija y me dijo:

– “llevas toda la tarde ahí, deberías salir a caminar o te vas a quedar rígida”.

Y sin pensarlo, la miré de reojo y le dije (tengo que reconocer que me apasiona la política  en ciertos momentos actúo como una verdadera adicta)

“shhhhhh… déjame envejecer en paz, que me lo he ganado!”

Como me conoce bien ella no dijo más nada.

Pero sé que le servirá cuando llegue el momento para tener en cuenta que el cambiar de enfoque para vivir cada etapa como mejor nos parezca, es algo que aporta calidad de vida.

Lo que vengo entonces a decirte en este artículo es que, si eres joven, retires el velo de la exigencia de tu rostro, y te mires al espejo y 

te disfrutes tal como eres.

Y que si eres de mi quinta, dejes de correr tras la juventud, que eso cansa, te resta energía, y encima la juventud es más rápida que tú.

Y por supuesto, si eres como yo, de las que consideran que la belleza es bastante más que el aspecto exterior, y ya llevas tiempo pasando de luchas vacías que no te conducen a ninguna parte, a ti vengo a decirte:

-¡guapa! ¡tú si que sabes!

Déjame envejecer en paz, que ¡me lo he ganado!

 

 

Porque efectivamente, como tú yo sabemos, la vida es un regalo… y como decía Juddi Krishnamurti:

“La verdad no es estática. La verdad es siempre nueva, y sólo la puede comprender, una mente que esté muriendo para toda acumulación, a toda experiencia, y que por lo tanto sea fresca, joven,inocente.”

Por ahí van los tiros, me parece a mi.

Y como siempre lo haces, supongo que tú me dirás aquí debajo lo que te parece a ti.

Espero que sirva… (por tu pleno bienestar)

Que tengas un feliz presente!

 

Pilar Rodríguez-Castillos

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